Es un dolor que ya no puedo controlar, un dolor que me supera y me toma por sorpresa. Consume mi cuerpo, lo mastica con fuerza pero no lo debora. Me vuelve loca, me deja inconsciente, me hace retorcer entre estas cuatro paredes y me aniquila lentamente. Se siente como si una aguja de tejer traspasase mis ojos y cerebro, retorciese cada neurona y las dejase dominadas en un bondage de venas entretejidas de la manera mas absurda y lascerante. Cada sonido, cada luz, cada movimiento es un nuevo castigo, como si mi amo -je t'adore mon petit démon...- me hubiese ordenado mantenerme quieta, sin siquiera pensar o respirar. La tortura se torna seductora, me muevo y contorsiono mi cuerpo, pienso, respiro, agravo a cada segundo mi penitencia como si pudiese alcanzar algun punto que me libre de mi agonia. Pero no... Sigue alli, incesante, amandome con una lujuria salvaje implacenteramente placentera. Ata cada extremidad de mi ya paralizado cuerpo extendiendo el tormento por todo mi ser, relame sus labios de navajas y amordaza mi boquita de cereza con sus manos congeladas. Y el sonido de ese saxofon, esas luces bajas, todo rompe las barreras de la realidad llevandome como la mas sumisa de las perras a ese trance inequivoco, a la suma del placer y la agonia, de los espasmos corporales y la nulidad de todo dolor.
Porque cuando a uno le duele tanto la cabeza como a mi, llega un punto en el que si no te sumis en el placer no hay Ibupirac, Migral, Bayaspirina, Cafiaspirina ni sartenazo por la cabeza que te sirva...
martes, 25 de mayo de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario