Tus ojos, esas perlas negras de gran fuego fatuo, me
persiguen, me llaman a tus brazos de cenizas de los que huyo como una liebre
con la pata herida. Sé que me alcanzarás, pero la persecución es la danza que
disfrutamos, el ritual al que nos debemos por propia naturaleza, nuestro tango
hacia el infierno perfecto. Me provees la ilusión de la ventaja, juegas con la quimera
de un nuevo amanecer sólo para acercarte nuevamente y robarme 3 gramos de alma
con cada beso de tus labios de carne, de hueso, de rouge carmesí. Eres tú mí peor dragón, la telaraña de seda, el
bondage sin venas que retuerce hasta lo más ínfimo de mis lazos rojos. Soy yo la
rata del tu laberinto gris, el juego prohibido, la perla violeta en ése océano de cristal. ¿Cuánto
tiempo más?
Me sostengo entre las sombras de tu cintura
esculpida como si se tratase del último trozo de soga que me une al inmutable
sentido del ser, perdiéndome en el jardín de tus rosas blancas a teñir con todo
mí amor, con cada transmutación a mariposa y pantera. Desciendo en ti, me
arrojo despedazada con cada lágrima y sonrisa entre el murmullo de aquel valle
primigenio que compone cada molécula del fraude con el que te nombramos.
Permíteme aterrizar, bríndame el estremecimiento de tu piel olvidada. No
necesito más alimento que el rocío albergado entre lo que olvidas, la miel virgen
de tu río austero. Quiero vivir en ti y huir de tu canción de cuna, perfumarme pero no olvidar, lamer el hueco de
tu cuello hasta desgastar lo más eterno sin quedar atrapada entre el salvaje
universo púrpura y lo granate de tu falda.
Dama mía, comparado a tu esencia, el infierno es
sólo una mustia hoguera, un fósforo encendido, una chispa imperceptible.
Contrastada contra el más fugaz de tus recuerdos, la medianoche es un pobre
lienzo de burgués, el amanecer no es más que la flor disecada en una guía de
teléfono vieja, el vino tinto se vuelve blanco y pierde cada nota de sabor.
Reina antigua, dueña de mi último aliento, aquí me tienes rendida ante tu augusta
presencia. Amada Catrina, bendita parca, concédeme esta pieza, bailemos juntas
hasta el anochecer de mi inocencia.








