lunes, 25 de febrero de 2013

Passion of Lovers



Tus ojos, esas perlas negras de gran fuego fatuo, me persiguen, me llaman a tus brazos de cenizas de los que huyo como una liebre con la pata herida. Sé que me alcanzarás, pero la persecución es la danza que disfrutamos, el ritual al que nos debemos por propia naturaleza, nuestro tango hacia el infierno perfecto. Me provees la ilusión de la ventaja, juegas con la quimera de un nuevo amanecer sólo para acercarte nuevamente y robarme 3 gramos de alma con cada beso de tus labios de carne, de hueso, de rouge carmesí.  Eres tú mí peor dragón, la telaraña de seda, el bondage sin venas que retuerce hasta lo más ínfimo de mis lazos rojos. Soy yo la rata del tu laberinto gris, el juego prohibido,  la perla violeta en ése océano de cristal. ¿Cuánto tiempo más?

Me sostengo entre las sombras de tu cintura esculpida como si se tratase del último trozo de soga que me une al inmutable sentido del ser, perdiéndome en el jardín de tus rosas blancas a teñir con todo mí amor, con cada transmutación a mariposa y pantera. Desciendo en ti, me arrojo despedazada con cada lágrima y sonrisa entre el murmullo de aquel valle primigenio que compone cada molécula del fraude con el que te nombramos. Permíteme aterrizar, bríndame el estremecimiento de tu piel olvidada. No necesito más alimento que el rocío albergado entre lo que olvidas, la miel virgen de tu río austero. Quiero vivir en ti y huir de tu canción de cuna,  perfumarme pero no olvidar, lamer el hueco de tu cuello hasta desgastar lo más eterno sin quedar atrapada entre el salvaje universo púrpura y lo granate de tu falda.

Dama mía, comparado a tu esencia, el infierno es sólo una mustia hoguera, un fósforo encendido, una chispa imperceptible. Contrastada contra el más fugaz de tus recuerdos, la medianoche es un pobre lienzo de burgués, el amanecer no es más que la flor disecada en una guía de teléfono vieja, el vino tinto se vuelve blanco y pierde cada nota de sabor. Reina antigua, dueña de mi último aliento, aquí me tienes rendida ante tu augusta presencia. Amada Catrina, bendita parca, concédeme esta pieza, bailemos juntas hasta el anochecer de mi inocencia.

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